viernes, 14 de febrero de 2014

Una historia de amor sencilla, tierna y... ¿pornográfica?

Ahora el viaje será literario, con paradas en libros que por algún motivo me llaman la atención, libros siempre de otros países –seguimos en modo Larga distancia– y de otras lenguas

Portada Paisaje lacustre  con Pocahontas.../elpais.com
En esta serie, Larga distancia, he venido dado cuenta de viajes por distintos países, de encuentros con escritores y con libros, de instantáneas en tal calle, en tal librería, en tal bar. Una serie hecha de retazos, breves perspectivas de lo que resulta casi inasible para quien viaja sin suficiente pausa, forzado por las circunstancias. Un pequeño caleidoscopio sin otra pretensión que transmitir impresiones que a su vez podrían dar lugar a miradas más detenidas. Como cuando miramos un paisaje atractivo desde la ventanilla de un tren en marcha: preferiríamos detenernos, descender, también a los detalles. Pero aun así nos alegra haber tenido esa visión fugaz.
Esa fase acabó. Y empieza otra. Ahora el viaje será literario, con paradas en libros que por algún motivo me llaman la atención, libros siempre de otros países –seguimos en modo Larga distancia– y de otras lenguas. Al igual que los viajes hasta ahora narrados, estas lecturas darán lugar a un mosaico de composición ligeramente idiosincrática. Los lectores se encontrarán aquí con el reflejo de mis gustos y de mis intereses, no con una selección enciclopédica ni con pretensiones de fijar canon alguno. Espero, sin embargo, que quien me siga pueda acompañarme en un recorrido por algunos libros valiosos que quizá no hayan obtenido la atención merecida en lengua española. Casi siempre se tratará de libros traducidos al español, para que la mayoría de los lectores cuya curiosidad se despierte puedan encontrarlos con facilidad... aunque no prometo cumplir la norma a rajatabla.
Y empiezo por una de mis novelas favoritas, Paisaje lacustre con Pocahontas, de Arno Schmidt, publicada valientemente –lo de la valentía lo aclararé más tarde- por la editorial argentina el cuenco de plata.
En mi biblioteca se encuentra la narrativa completa –o casi: me falta sobre todo su obra magna y desbordante, Zettel’s Traum- de Arno Schmidt. En un volumen, Leviathan, Los exiliados, Paisaje lacustre con Pocahontas; lo saco del estuche: las páginas con las esquinas dobladas, dos manchas de grasa en el centro de la cubierta, el lomo agrietado, a medio arrancar el trozo en el que figura el nombre de la editorial alemana. Un libro no solo usado, leído una y otra vez, cuyo desgaste llama la atención entre los demás lomos, usados también, pero menos manoseados.
Yo quise traducir ese libro casi intraducible. Hace años, en la Feria del Libro de Madrid, me preguntaron durante una entrevista qué libro me gustaría que estuviese traducido al español; Paisaje lacustre con Pocahontas, dije, pero los editores no se atreven. Alguien recogió el guante: el editor de Laetoli me retó a traducirlo. Ya había encargado a Fernando Aramburu traducir  otra novela de Schmidt, El brezal de Brand.
No acepté inmediatamente. Temor, por supuesto. Miedo a no saber hacer justicia a la prosa compleja e imaginativa de Schmidt. Antes de acordar nada definitivo con el editor, me puse a traducir unas páginas para medir mis fuerzas. Y por fin le dije que sí, que me lanzaba a ello. Pero aquí comienza otra historia, la de dos traductores que habían traducido la novela años atrás y no encontraban editor. Resumiendo, abandoné el proyecto, y años más tarde fue Cuenco de plata la editorial que acabó publicando esta novela corta, una de las más conmovedoras historias de amor que haya leído este lector poco aficionado a las historias de amor. Sencilla, tierna y... ¿pornográfica?
La publicación de Paisaje lacustre con Pocahontas fue accidentada: rechazada por Rowohlt, la editorial habitual de Schmidt, también después por otros editores, cuando por fin vio la luz provocó un escándalo que desembocó en una querella por blasfemia y pornografía. Por suerte, el perito al que el tribunal encomendó la evaluación de la novela testificó que era una auténtica obra de arte, un interesante “experimento vanguardista”; y minimizó además el peligro de corrupción de las costumbres que emanaba de aquel libro del que, en su opinión, no se venderían más de mil ejemplares. No escribir para las masas puede tener sus ventajas.
Una historia de amor subida de tono: ¿nada más que eso? Paisaje lacustre con Pocahontas nos cuenta los días que pasan juntos Joachim y Selma (Pocahontas), dos personas que no se sienten a gusto en el mundo. Dos personajes tan distintos que nunca habrían tenido una relación de no haberse encontrado  durante unas vacaciones junto al lago Dümmer, en la Baja Sajonia. Él, culto hasta la pedantería –pero digamos en su defensa que se toma muy en serio la cultura, pero en broma a sí mismo-; ella, fea, esmirriada, de pies y extremidades interminables; Joachim la contempla con la admiración que provocan ciertos fenómenos de la naturaleza. No diré que se enamora de Selma, pero le enternece y le dedica algunas de las frases más hermosas que se hayan podido escribir sobre un/a amante. Esos días compartidos son un paréntesis en el que ella escapa a la rutina de su trabajo, y él al malestar de quien no puede olvidar la guerra que le ha robado seis años de su vida y no tampoco ni quiere adaptarse a la Alemania de la era de Adenauer. Y después, como es lógico, se separan. No se enfaden porque les cuente el final: es evidente desde el principio que esa relación entre dos solitarios, cada uno por sus razones, solo podrá sobrevivir unos días, protegida por los vastos paisajes, los cielos nubosos, los juncos que les ocultan de las miradas, la mezcla de languidez y deseo que todos hemos experimentado tumbados al borde de un lago o del mar.
La historia se puede resumir en esos pocos renglones, pero la novela no. Porque Schmidt, que quiso ser matemático y astrónomo pero se quedó en contable de almacén, vertió toda su ambición frustrada en la literatura. Él, que amaba el alemán –no Alemania-, lo re-crea; pero no retorciéndolo y descuartizándolo como Elfriede Jelinek (otra gran renovadora de la literatura en alemán), sino que tornea y funde suavemente las palabras para expresar la belleza de un paisaje, el resplandor de la luna, la textura del aire, el cuerpo esmirriado de su Pocahontas. Hasta inventa sus propias reglas de puntuación, que, en sus manos, adquiere una increíble fuerza expresiva.
Ternura y sexo, pero en los libros de Schmidt rara vez faltan las consideraciones sobre la literatura, la historia de la cultura alemana –la novela está llena de referencias literarias, unas más evidentes que otras-, la religión, tan aborrecida por un racionalista como él (“¿Yo?: ateo, ¡por supuesto!: ¡como cualquier hombre honorable!”), el solapado militarismo de la postguerra, la vulgaridad, la estupidez, la incultura.
Quizá el gran logro de Schmidt sea que no es un mero experimentador del lenguaje. El interés que siente Arno Schmidt por la biología no empaña el que siente por la naturaleza; y si es suficientemente pedante como para nombrar en latín la flor que se asoma bajo la falda de su Pocahontas y de la que se siente celoso, su pedantería no quita un ápice de belleza al momento, y sí le añade un afectuoso sentido del humor. De igual manera, si el autor ensancha y enriquece su idioma no es por puro refinamiento lingüístico, es porque le interesan las cosas mismas y necesita inventar una manera de contarlas, y de expresar con precisión el contenido de la conciencia. Él podía aborrecer al género humano –y hacerlo desaparecer en Espejos negros-, pero no el prodigio que es cada ser vivo... y también cada ser inanimado.
Schmidt es un clásico de la literatura alemana tan alabado como poco leído fuera de Alemania: y también en su país su popularidad fue tardía; aunque todos sus contemporáneos lo elogiasen, sus libros se vendieron mal, hasta el punto que el misántropo en el que se fue convirtiendo, siempre receloso de que sus editores lo engañaran, tuvo incluso que comer hierbas para subsistir (“... cuentan de un sabio que un día...). Es cierto que puede costar algo de trabajo entrar en su mundo lingüístico y en sus juegos de referencias culturales y políticas, pero al poco tiempo de asomarnos a sus páginas se vuelve un autor al que leemos con una sonrisa en los labios y las cejas enarcadas: de hallazgo en hallazgo, de sorpresa en sorpresa, hasta que su lenguaje se nos vuelve natural y acabamos agradeciéndole el esfuerzo al que nos ha obligado.
Y si Paisaje lacustre con Pocahontas, y Los exiliados, que viene en el mismo volumen, les saben a poco, Debolsillo publicó en 2012 la trilogía Los hijos de Nobodaddy.