miércoles, 16 de enero de 2013

Razones para destruir una ciudad

Razones para destruir una ciudad ganó el Premio de Novela Ciudad de Bogotá en 2010, pero la novela llegó a las librerías este año de la mano de Alfaguara. Humberto Ballesteros, su autor, habla sobre el libro

Humberto Ballesteros, autor de Razones para destruir una ciudad./revistacredencial.com


Venecia parece un monumento a la imaginación. ¿Podrá ser en cierta forma una alegoría de la literatura?
Tal vez, pero no creo que haga parte del oficio del autor interpretarles la obra a los lectores. Puedo dar mi opinión, pero con la advertencia de que es sólo una opinión más. Leerla como una alegoría de la literatura me parece válido en cierto sentido y en cierto otro no. Es una ciudad imaginaria, y en ella, como en las demás de su especie, cabe todo lo que tiene adentro la imaginación humana. 
En ese caso, ¿habría alguna razón para destruir la literatura?
Si se lo preguntaran a Natalia, la protagonista de la novela, creo que diría que no, absolutamente no. La literatura es, de hecho, su único camino de escape de la ciudad imaginaria que en un principio era su libertad y poco a poco se convirtió en su prisión. Pero si me lo preguntaran a mí diría que sí, sin duda alguna, absolutamente. Hay que destruir la literatura cada vez que se comienza un libro, para después reconstruirla palabra por palabra. Hay que escribir como si de nuestra obra mediocre dependiera la literatura.
¿Cree que vivimos, como Natalia, al mismo tiempo en un mundo real y uno imaginario?
Creo que vivimos en un mundo tan imaginario que no nos damos cuenta de que lo es. Cada uno está preso en el espacio insidiosamente cómodo de lo que quiere ver, lo que quiere oír, lo que quiere vivir. Creo que nadie vive en el mundo real, y que por eso hay que esforzarse para entender cómo funciona la imaginación; porque es la herramienta fundamental con la que concebimos nuestra manera de ser y estar en un mundo que nos excede.
¿Qué tipo de libros, de autores le gusta leer? ¿Qué tipo de historias le gustaría escribir?
Me gusta leer todo tipo de narraciones, desde aventuras, fantasía y ciencia ficción hasta los clásicos más olvidados, desde libros para niños hasta novelas existencialistas o autores del nouveau roman. Me apasiona acumular y clasificar maneras de contar historias, explorando de forma caprichosa, inconsistente, a veces incluso sin hacerles caso a mis gustos. Creo que la única manera de aprender a contar es explorando el laberinto inagotable de todo lo que se ha contado, sin detenerse en esnobismos ni miedos. 
¿Qué lo atrae de la cultura italiana?
Sobre todo me gusta la Alta Edad Media florentina, ese momento mágico cuando el mundo había dejado de ser lo que era y sólo los genios habían comenzado a darse cuenta. Me parece que en esos años de crisis fue que se fundó la literatura como la conocemos hoy en día; que todo ya estaba dicho en Dante y en Boccaccio, y que hay que volver a ellos siempre.
¿Por qué se decidió a hacer de una ciudad tan icónica como Venecia la ciudad imaginaria de Natalia?
Porque Venecia es una ciudad más imaginaria que real, y por eso se presta para imaginar otra diferente pero a su imagen y semejanza. La gente que va a Venecia va en busca de una ciudad que ya no existe, y lo alucinante es que la encuentra; que la ve de la manera que la quiere ver, que se fabrica una Venecia a su medida. Tal vez eso pasa con todas las ciudades, pero la escala pequeña y la arquitectura un poco imposible de Venecia ayudan a ver de forma más clara las maneras en que eso sucede.
La narración, en segunda persona, tiene una particularidad: su alternancia entre el singular y el plural. ¿Por qué cree que esta era la forma de contar la historia?
No tengo ni idea. Habría que preguntarle a Natalia, o tal vez a esa voz que también es la de ella y que está obsesionada con castigarla. Ahora, en cuanto a los momentos en que cambia al plural, creo que son aquellos en que esa separación esquizoide de las dos Natalias se está debilitando, y ella está volviendo a ser una sola sin darse cuenta. Pero tal vez esa no es la razón; como dije, no creo apropiado que un escritor interprete su propia obra.
En Venecia sólo viven niños. ¿Tiene que ver esto con una idea de la infancia como estado ideal de felicidad?
Sí y no. Creo que la infancia es un espacio luminoso, tal vez porque la mía lo fue. Pero creo también que el de los niños es un mundo cruel, ciego, inestable; y eso se ve en parte en la Venecia de Natalia, que está en franca decadencia, cayéndose a pedazos.
La novela ganó el Premio de Novela Ciudad de Bogotá en 2010. ¿Algún otro libro lo ha ocupado durante este tiempo?
Siempre estoy ocupado con varias cosas al tiempo. Soy muy desordenado. Llevo un buen rato trabajando en dos novelas simultáneamente. La primera, que me ha dado mucha guerra pero ya va más o menos por la mitad, es una historia fantástica. La segunda tiene visos de ciencia ficción pero no es otra cosa que una historia de amor. Y también tengo desde hace años un proyecto muy grande que no va para ninguna parte, y en ese sí que me encanta trabajar. Es muy rico pasar tardes al azar puliendo un libro que nunca podrá existir, un libro infinito. Ese último se llama El caos y los niños.